Hagamos balance…

A petición de Pedro, voy a pensar un poco lo que este año 2012 me ha traído, que no es poco.

Llevo desde principios de diciembre escribiendo una entrada, pero entre lo kilométrica que está quedando y que siendo el día que es no pega y además no os he felicitado las fiestas, he pensado que quizás unas mini líneas de reflexión antes del cierre del año eran más apropiadas.

2012 empezó muy bien. Los primeros días del año nos trajeron a una personita muy especial, igual que los primeros días de 2013 nos traerán a otro niño al que también tengo muchas ganas de ver la carita. En Noruega estoy ya mucho más integrada que cuando llegué en mayo 2011 y parece que voy encontrando mi sitio así que en general mi balance es muy positivo.

Hay años cuyo recuerdo es amargo, de esos que dices, mejor lo borraba de la memoria como cuando borras un fichero en el ordenador. Pero 2012 es sin duda uno de los años para recordar, al menos para mí.

He aprendido mucho, muchísimo. Cosas más relacionadas con mi tesis y mi trabajo, pero también sobre las personas y sobre mí misma y sobre Noruega. Y a pesar de que ningún año es redondo y también tengo recuerdos más bien amargos, en general ha sido un GRAN AÑO.

He viajado como una loca, cursos, conferencias, por placer… y ya sabéis que a mí eso de viajar me encanta. Aunque llegó un momento en el que perdí la cuenta de los viajes que llevaba porque pasaba por Bergen unos días (a veces una noche), deshacía la maleta y la volvía a hacer. Pero seguro que a más de uno ni le sorprende. En el fondo soy una mujer pegada a una maleta 😀

También he conocido a gente fantástica y que han pasado a ser personas muy importantes en mi vida como mi gran amiga Bea, que ahora mismo estará preparándose para dar la entrada al nuevo año en un campo de refugiados en el Sáhara. Juan, Humberto, Clara, Natalia, Diego, Susana… son personas que poco a poco han entrado a formar parte de mi nueva vida y que ayudan también a no echar tanto de menos tu tierra en un momento de bajón, o simplemente están ahí cuando necesitas hablar en tu lengua materna o desahogarte porque los médicos noruegos no te dicen qué le pasa a tu rodilla y tú estás preocupado. Y es que cuando vives en un país extranjero es importante tener amigos de ese país (mis amigos vikingos), pero también amigos que hablen tu propio idioma porque a veces necesitas simplemente hablar en tu lengua materna y poderte expresar sin pensar cómo porras se dirá esto mismo en noruego, inglés o cualquier otro idioma. Estas biblias que escribo no podrían estar en otro idioma. Bueno, podrían, pero no me quedarían igual, porque no me expresaría de la misma manera, eso está claro.

Mis amigos vikingos tampoco se quedan atrás. Son la razón de que cada vez me sienta más integrada en Bergen y «como en casa». Cuando vives fuera también es importante (o al menos para mí) sentir que no estás en una burbuja de inmigrantes de tu misma cultura sino que también tienes tus círculos de amigos de la cultura del país en el que vives. Son los que te hacen entender porqué hacen las cosas de una manera o de otra y los que hacen que tu experiencia sea todavía mejor y no te sientas un extraño. Desde mis compis de piso a mis compis de trabajo que poco a poco van dejando que entre en sus vidas sin separar tanto el trabajo de la vida privada, poco a poco voy teniendo una gran familia que hace que no me sienta una extraña en un país extranjero sino una más.

El día de mi cumpleaños éramos tantos que yo misma pensé lo afortunada que era de tener tanta gente con la que compartir mi vida en Bergen. Obviamente no tengo el mismo grado de confianza con todos, pero sentir que tienes tanta gente cercana cuando vives tan lejos te llena de alegría y es un signo de que estás encontrando tu sitio.

Que me sienta tan bien no quiere decir que no eche de menos a mis amigos de aquí o que me olvide de ellos. Ya sabéis que sois una parte muy importante de mí y que a veces me da rabia no estar cerca para celebrar con vosotros las buenas noticias o arrimar el hombro en momentos difíciles. Sin embargo, a pesar de la distancia no os siento tan lejos y supongo que eso hace que no tenga tanta morriña como pensaba que podría llegar a tener. Claro que me gustaría estar más cerca y veros más a menudo, pero me alegro de teneros como amigos porque entendéis mi forma de ser y de vivir y porque siempre que os necesito estáis ahí y cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo.

Por supuesto 2012 también ha traído desencuentros con personas que para mí eran importantes, choques culturales no necesariamente con noruegos como los que muchos conocéis y momentos difíciles como las aventuras de mi querida rodilla. Pero al final el balance es positivo porque de todo se aprende y con eso me quedo. Con lo aprendido y con las ganas de seguir aprendiendo.

Hoy no podré hacer de camarera improvisada en el bar de un amigo como el año pasado, ni iré de cotillón con muchos de mis amigos porque 2012 también me ha traído una rodilla nueva que tengo que aprender a usar y no está para esos trotes aún. Pero seguro que al final surge algo que hace que sea una noche única. De momento tengo un plan de una copa sentadita y a casa que no pinta nada mal. ¡A ver si mi rodilla se porta!

Y ahora os voy a dejar porque voy a preparar una tarta de manzana (receta noruega) para la cena de esta noche y me tengo que acicalar. Pedro me ha invitado a hacer balance en un email y he pensado que a veces lo necesitamos para valorar lo que tenemos pero que realmente este año estoy tan positiva que no me hacía falta para valorarlo, sino para casi casi regocijarme por lo contenta que me siento y lo feliz que soy ahora mismo. Muchos de mis amigos dicen que se me ve feliz, y es que es cierto, soy feliz y espero que vosotros también lo seáis.

¡Feliz 2013 a todos y que paséis una noche fantástica!

Carla

PD: Perdonad si ha quedado muy filosófico o pastelón. Me he dejado llevar por lo que salía de dentro sin pensar mucho más.

Siempre nos quedará Kristiansand

El primer fin de semana de agosto Bea y yo hicimos una escapadita a lo que viene siendo el Salou o la Marbella noruegos: Kristiansand.

Todo surgió como surgen estos planes locos, una noche de julio cenando y mirando ofertas de vuelos a algún sitio (la aerolínea Norwegian se pasó todo el verano sacando ofertas de vuelos a distintos sitios los martes por la mañana). Total que nosotras nos pusimos a mirar precios y destinos y resultó que una escapadita a Kristiansand de viernes por la tarde a domingo para resarcirnos de nuestro viaje frustrado a Estocolmo nos salía muy bien de precio. Así que sobre la marcha nos compramos los billetes y empezamos a planear el viaje. Y en recuerdo a nuestro intento sueco, las dos dijimos a la vez: “¡Siempre nos quedará Kristiansand!” de ahí el título de esta entrada.

Una vez comprados los billetes, lo siguiente era encontrar alojamiento y aunque pueda parecer trivial, si quieres ir en plan medio mochilero y económico, eso en Noruega no es moco de pavo. La misma semana que viajábamos seguíamos sin tener donde dormir y empezamos a pensar que acabaríamos debajo de un puente.

En un intento de buscar soluciones, reservamos una habitación de hotel con cancelación gratuita mientras intentábamos que algún alma caritativa de la red de couchsurfing nos acogiera en su casa. Y al final tuvimos la suerte de que un abogado encantador nos ofreció dormir en su sofá. Eso sí, también nos advirtió que se mudaba el lunes y la casa estaría patas arriba porque además estaba reformándola antes de darle las llaves al inquilino. Pero como nos solucionaba el alojamiento, nosotras le dijimos que sin problemas, que si estaba de acuerdo iríamos solo a dormir y así no le molestábamos.

Y resultó que ese viaje fue el viaje de la suerte, porque al final todo nos salió redondo. Al ir a coger el autobús para ir al aeropuerto un señor que había en la fila nos regaló un billete extra que tenía. Y teniendo en cuenta que el billete en cuestión cuesta 100 NOK (unos 12,5 euros), eso que nos ahorramos. Y al llegar a Kristiansand nuestro anfitrión nos dijo que si esperábamos un poco nos venía a buscar al aeropuerto y luego incluso nos acercó al centro una vez dejamos nuestras cosas en su piso.

Después de dar una vuelta pudimos constatar que Kristiansand grande, lo que se dice grande no es. También observamos ciertos datos curiosos, como que sus habitantes eran más simpáticos en general. Cuando terminó el fin de semana decidimos que eso tenía que ser porque hacía más sol que en nuestra querida Bergen y que quizás la lluvia hace que se le amargue el carácter a sus habitantes. También observamos que tenían cierta fijación por poner piscinas de arena de playa por medio de la ciudad con cubos y palas para que los niños jugaran. Tentadas estuvimos de meternos a jugar (vale, yo lo llegué a hacer el sábado por la mañana en una que no había niños).

Y por la razón que sea ese fin de semana había hasta una especie de Biergarten montado en el centro de la ciudad. Vamos, que sin saberlo hasta elegimos bien las fechas.

Después de cenar en un indio bastante carillo pero donde nos pusimos las botas y cenamos fenomenal quedamos con otro couchsurfer que se ofreció a enseñarnos un poco la ciudad por la noche y nos llevó a los bares a los que él solía ir. Llegamos a tomar un mojito de fresa bastante decente por un precio razonable para lo que es Noruega, visitar un bar-terraza y quedarnos alucinadas porque eso parecía un garito de Calafell prácticamente y visitar un bar de estudiantes donde había unas mesas con juegos para beber alcohol que daban un poco de miedo (no es ningún secreto que en Noruega tienen un serio problema de alcoholismo de fin de semana). Y en ese mismo bar también pudimos observar como un chico lo daba todo bailando desenfrenadamente y una señora ya entrada en años y de curvas bastante prominentes intentaba ligarse a algún que otro jovenzuelo de una forma un poco deplorable.

Y después de ver semejante espectáculo y teniendo en cuenta que casi eran las 2 y que al día siguiente había que madrugar para dejar a nuestro anfitrión trabajar en su reforma, nos fuimos para casa 😉

Bar-terraza Kristiansand

Bar-terraza y noruegos en su Salou particular

Al día siguiente alquilamos dos bicis (hubo un intento frustrado por parte de nuestro anfitrión de dejarnos una bici, pero al final se la había llevado su sobrina o algo había pasado pero no la tenía en el garaje). En la oficina de turismo de Kristiansand nos agenciamos un mapa de cinco rutas en bici por los alrededores y nos pusimos a seguir una para intentar llegar al Café Generalen, un restaurante en medio de un parque muy chulo y que es famoso por tener las mejores hamburguesas de todo Kristiansand. De camino aprovechamos para ir al mercadillo del sábado, una muestra más de que Kristiansand no tiene nada que envidiarle a mi querida Coma-Ruga:

Mercadillo en Kristiansand

Mercadillo en Kristiansand

¡Ah! y también había un tren chu-chú:

Tren chu-chú

Tren chu-chú atravesando el mercadillo

Tras un pequeño desvío por un camino que no era tal en el que arriesgamos la integridad física de nuestras bicis y la nuestra propia al empeñarnos en ir por medio de la naturaleza y pegadas al mar en lugar de por la carretera logramos reencontrarnos y llegar a donde queríamos realmente.

El parque era precioso y las hamburguesas, además de enormes estaban buenísimas.

Parque en Kristiansand

Parque en Kristiansand

Luego volvimos al centro y descubrimos el puerto Banús noruego:

mini puerto

¡Kristiansand por tener tiene hasta un mini puerto Banús!

¡Si es que a esta ciudad no le falta de nada! Sol, playa, puerto, barcos, terrazas al aire libre sin pelarte de frío…

Y después de esto nos fuimos a devolver las bicis porque la tienda cerraba y no era cuestión de agenciarnos unas bicis (aunque casi me quedo la llave del candado y tuvimos que volver a devolverla in-extremis). Y como hacía buen día decidimos irnos a la playa a bañar y tomar el sol. Peeeero no teníamos el bikini puesto!!! ¿Solución? Entramos en un Lindex (una tienda parecida al H&M) y pillamos un par de camisetas al azar y nos fuimos a los cambiadores a probarnos la ropa (es decir, a ponernos los bikinis). Eso sí, luego les dejamos la ropa muy bien clasificada para que no se dijera que habíamos dejado el vestuario hecho unos zorros:

Vestuario ordenadito

Vestuario ordenado. De arriba a abajo y de izquierda a derecha los colgantes quieren decir: “Me queda perfecto, un MUST”, “Quizás lo compre”, “Talla errónea, coger otro”, “No me queda bien”

Después de eso nos fuimos a casa de nuestro anfitrión a cambiarnos y ducharnos. La verdad es que estábamos bastante cansadas, pero al final nos animamos y nos volvimos a ir a dar una vuelta con nuestro amigo de la noche anterior.

Al día siguiente empaquetamos todo y nos fuimos con nuestras maletas camino de un archivo que fue sede de la gestapo, pero solo abría de 13 a 15h y nos quedamos con las ganas de verlo porque nuestro amigo se había ofrecido a llevarnos a ver los pueblos de alrededor en coche y acercarnos al aeropuerto después de comer. Queda pendiente ir a ver el archivo, pero la verdad es que el tour por los pueblecitos de alrededor mereció también la pena y le puso el broche a un fin de semana fantástico.

Quizás precisamente porque no sabíamos qué esperar de Kristiansand nos sorprendió más, pero creo que las dos nos fuimos pensando que Noruega nunca nos dejará de sorprender. Cada sitio que visito es sin duda especial y tiene un encanto particular y Kristiansand no fue para menos.

Por último, la dedicatoria. Por supuesto, esta entrada va dedicada a mi querida compañera de viaje y aventuras. Mi gran amiga Bea 😉

¡Hasta pronto!

Buscando a Aurora

Esta entrada va dedicada a mis queridos compis de aventuras en el Norte nortísimo de Noruega: Victor, Andy, Jal y Fran. Y a mi amiga Celia, porque hoy es su cumple y sé que aunque escriba poco en este blog me sigue leyendo. ¡Felicidades!

Todo empezó cuando en Navidades Victor me dijo de ir en busca de auroras boreales. Como buena exploradora, me informé y le dije que nos teníamos que subir a Tromsø para poder tener opción de verlas. Y a partir de ahí empezó la planificación del viaje y la búsqueda de intrépidos aventureros dispuestos a venirse con nosotros de viaje.

Mi hermanito y su socio fueron fáciles de convencer, son fotógrafos y solo de pensar en fotografiar auroras se les caía la baba 😀 y luego convencimos al hermano de Chufita en el último momento y nació el grupo Tromsø – wonderbra, que es como les sonaba a mis intrépidos aventureros el adios noruego o “ha det bra“.

Había dos expediciones que se juntaban en Tromsø, la que salía de Bergen y la que salía de Zaragoza, ambas un jueves 1 de marzo.

La expedición zaragozana estaba formada por Andy, Jal y Fran, que en un esfuerzo titánico por arriesgar y desafiar a la suerte casi perdieron su vuelo desde Barcelona y llegaron al Prat just in time. He de decir en su favor que para poder volar Jal y Andy se tuvieron que pasar la noche en vela trabajando para terminar un encargo de un cliente y entregarlo antes de cogerse el mini puente. Eso sí, la emoción duró hasta prácticamente el último momento y creo que alguno no respiró hasta no verse sentado en el avión con el cinturón abrochado 😀

Victor y yo mientras estábamos en Bergen. Victor se vino unos días antes y estuvimos disfrutando de unos bonitos días de lluvia y frío que para muchos de vosotros ahora mismo espero suenen cuanto menos refrescantes. El día D fuimos al aeropuerto de Bergen con tiempo más que suficiente (es un aeropuerto de juguete así que mucho no es que se tarde en llegar a la puerta de embarque, y menos si además ni facturas). Con lo que no contábamos era con un incendio en el motor de un avión al aterrizar que obligó a cerrar el aeropuerto durante un buen rato y luego una de las 2 pistas que tiene (donde estaba el avión en cuestión). Este incidente hizo que la pista de despegue se utilizara de aterrizaje (los aviones no pueden volar eternamente y algunos habían salido antes de que se produjera el incendio) y que muchos vuelos se retrasaran o directamente cancelaran (como el nuestro).

¿Resultado? Acabamos teniendo que volar un día más tarde al Far Far North. La mayor preocupación de Victor era que nos pudiéramos perder una aurora boreal justo esa noche y no viéramos ninguna el resto de los días. Yo mientras me ocupé de la parte logística, llamé al hotel para avisar de que la primera noche solo estarían tres personas, y mandé un SMS a mi hermanito para que en cuanto llegaran al hotel se conectaran a internet y les pudiera dar instrucciones. Gracias al “guatsap” pude decirles cómo se decían los alimentos básicos en noruego y quedaron en que esperarían a que llegáramos al día siguiente para empezara a turistear (teniendo en cuenta que no habían dormido apenas y que Victor y yo llegábamos a las 10:30 porque salíamos de Bergen a las 6 de la mañana, el plan no era descabellado).

Al día siguiente, Victor y yo ejercimos de servicio despertador a domicilio y despertamos a los bellos durmientes con nuestra llegada. Lo mejor fue el momento desayuno, cuando veo el brick de leche adquirido por nuestros exploradores y constato que no era leche, sino cuajo. Tal cual. Mi hermano en un acto de buena fe intentó beberlo cual si fuera un yogur líquido mientras hablaba de lo super sano que tenía que ser. Ya solo el verlo caer en el vaso nos auguraba que no iba a ser así. Al final solo él y yo logramos tomarnos el mejunje, porque no había otra forma de llamarlo. Eso sí se convirtió en una de las innumerables anécdotas del viaje.

Tromsø no es que sea muy grande, así que en un día ya habíamos visto todo lo que había que ver y nos dio tiempo a prepararnos para la gran emoción: ¡Nuestra excursión en busca de auroras boreales! Jal, Andy y Victor iban con toda la equipación imaginable, dispuestos a convertirse en expertos fotógrafos de auroras y algo nerviosos porque ninguno sabíamos muy bien cómo eran y cómo se tenían que fotografiar. Fran y yo éramos los acompañantes, porque nuestra cámara de fotos era, básicamente, la del móvil y teniendo que hacer fotos de 15 segundos de exposición suena a chiste pensar siquiera el intentarlo.

Y por fin llegamos a donde nuestros guías decidieron que intentaríamos ver a Aurora. Una especie de mini playa chiquitina y muy cuca. Y si no se veía nada, pues al menos el paisaje no era feo. Huelga decir que llevábamos ni sé cuántas capas de ropa. Yo me sentía, literalmente, el muñeco de michelín. Pero es que las temperaturas muy elevadas precisamente no es que fueran (estábamos a bajo cero, cuánto exactamente no lo recuerdo), y el plan era estar a la intemperie rezando a que apareciera al menos una aurora y no sintiéramos que habíamos pagado casi 1000 coronas noruegas (unos 130 euros) por una hora de autobús, un chocolate caliente y 2 galletas.

Pero por fin Aurora se dejó ver. Primero tímidamente (bromeamos diciendo que había alguien detrás de la colina haciendo luces para crear una ilusión óptica parecida y no nos sintiéramos defraudados). Pero luego poco a poco fue cogiendo fuerza y nos regaló un espectáculo maravilloso. Si hacía frío no lo notamos, porque nos quedamos todos prendados de lo rápido que cambian de forma, de cómo van cogiendo intensidad y sobre todo, de cómo poco a poco las podíamos distinguir en el cielo. Porque no penséis que el cielo de repente se pone verde como en la foto de los cinco fantásticos que os pongo abajo o la de jugando con Aurora. No señor, Aurora es como una nubecilla que cambia de forma y cuya textura es ligeramente menos densa que la de una nube. Las primeras las distinguíamos tirando fotos y mirando a ver si en la foto la nube era verde (sinónimo de es una aurora), o blanca.

Aurora y los cinco fantásticos :D

Aurora y los cinco fantásticos 😀

Jugando con Aurora: ¡Hola a todos!

Jugando con Aurora: ¡Hola a todos!

Esa noche al volver a casa e irnos a la cama yo me sentía una afortunada. Si algún día tenéis oportunidad de ir en busca de auroras no os lo penséis porque aunque sea un fenómeno de la naturaleza y efectivamente no se pueda predecir si se verán o no, no podéis arriesgaros a no ver un espectáculo así.

El último día fuimos a la playa de Tromsø y nos lo pasamos como niños haciendo fotos y como tampoco voy a contar cada minuto de nuestro viaje, os dejo aquí, con una última foto, de la playa nevada. Espero que os refresque en estos días de altas temperaturas (aunque aquí en Bergen no estemos achicharrados).

Playa en Tromsø

Playa nevadita en Tromsø

¡Hasta la próxima entrada!

Carla

Estocolmo puede esperar

Lo sé, soy un auténtico desastre. En navidades me propuse volver a escribir más a menudo en el blog y tras 6 meses el apabullante resultado ha sido: ¡0 entradas! La verdad es que me da vergüenza, pero he decidido volverlo a intentar, a ver si esta vez lo consigo 😀

Y para no remontarme a lo que ocurría 6 meses atrás, voy a contaros la historia del fin de semana que supuestamente iba a visitar Estocolmo con mi amiga Bea y al final ni Bea ni yo hemos ido… Y es que parece paradójico porque hace un mes nadie pensaba que íbamos a tener tan mala suerte.

El caso es que salieron ofertas de vuelos a Estocolmo y nosotras decidimos hacer una escapada de fin de semana y volar de viernes a lunes por la mañana. El viaje nos costaba unos 100 euros, así que era un chollo y había que aprovecharlo. Pues bien, una vez comprados los billetes, mi rodilla decidió jugarme una mala pasada. Tan mala que acabé ingresada en el hospital porque no se sabía qué tenía y justo me pusieron control médico a última hora del viernes, por supuesto una vez mi avión habría despegado.

Teniendo en cuenta que voy medio coja y que a los diez minutos de estar andando se me bloquea la rodilla, patear Estocolmo tampoco hubiera sido tan chulo como estando en plena forma, pero vamos, hubiera ido. Total que nada, llamé a Bea para darle la mala noticia y tras hablarlo conseguimos un sustituto para mí y cambiamos mi billete de nombre. Pues bien, jueves, diez de la noche… hablo con Bea y… ¡tenía 39 de fiebre! La pobre estaba fatal y obviamente al final se quedó sin viaje también.

Resultado: tenemos un amigo en Estocolmo, él solo consigo mismo, que ayer se preguntaba en una conocida red social cómo había acabado allí. Y mientras, las dos que supuestamente íbamos a estar descubriendo Estocolmo estamos en Bergen recuperándonos, una de una faringitis, la otra de su pata de palo.

Menos mal que las ofertas de vuelos baratos no se terminan y seguro que lograremos coordinarnos para ir más adelante. Pero no deja de dar rabia porque las dos llevábamos un mes preparando el viaje y nos hacía mucha ilusión. Y believe it or not, ¡es el primer avión que no cojo!

Y ahora os tengo que dejar porque como yo no me puedo estar quieta, en breves me voy a preparar una paella a casa de un amigo como calentamiento para esa final de la Eurocopa que a mí tanto igual me da. De hecho, solo me interesa la porra que he hecho con mis amigos porque para no haber visto ni un partido (vaaale, el otro día vi un trozo de la segunda parte de la semifinal, pero porque no me quedó otra) tampoco voy tan mal en la clasificación :D.

Vamos, que Estocolmo puede esperar, pero una paella… ¡eso sí que no, que esas cosas aquí se echan de menos! En la próxima entrada os cuento batallitas de la seguridad social noruega y mis aventuras por el hospital.

¡Besos!

God jul!!!

God jul! es lo que viene siendo en noruego ¡Feliz Navidad! y aunque ahora esté en casita disfrutando de los míos parte de Noruega estará con nosotros porque como parte de mis regalos de Navidad importé salmón en cantidades algo desmesuradas. Para algo barato que se puede traer, había que aprovechar 😛

Y no debe estar muy malo porque fue abrirlo para Nochebuena y mientras mi pobre madre lo iba cortando con paciencia todos íbamos picando y comentando que sabe distinto al salmón que nos venden aquí por mucho que también ponga que es noruego. Vamos, que este año en mi casa en lugar de abrir un jamón abrimos un salmón, pero hasta mi abuelo estaba encantado con el cambio 😉

Evidentemente si estoy en España pocas tradiciones noruegas de Navidad puedo compartir con vosotros, aunque alguna cosa que otra pude experimentar antes de venirme.

Para empezar, si nos quejamos de que cada año la campaña de Navidad empieza antes, en Noruega la cosa es todavía más exagerada. Yo recuerdo volver a eso de finales de septiembre de Dubrovnik (no penséis mal, estábamos en un curso, qué más me hubiera gustado a mí que ir de vacaciones…) y encontrarme ya el super plagado de cosas que no había visto antes. Había un ponche extraño, galletas, velas, etc. Y es que en Noruega como en cualquier país, también hay alimentos típicos de Navidad y tradiciones que guardar.

Para empezar, los noruegos esperan como locos la llegada a los supermercados del ponche de Navidad (o al menos en mi piso), así que poco tardé en poder probar el famoso “julebrus”. A mis compis de piso parecía encantarles pero si os soy sincera a mí me recordaba a una especie de jarabe de fresa de cuando éramos pequeños pero con gas. Vamos, que no me convertí en fan incondicional del brebaje en cuestión.

Otra cosa muy típica son las galletas de pimienta. Si los alemanes hacen galletas de Navidad, los noruegos no iban a ser menos y también tienen las suyas propias. Y las “pepperkaker” la verdad es que no están nada mal. Son parecidas a las especulatius que venden en Ikea y que o bien adoras o bien odias, pero en lugar de tener jengibre tienen pimienta. De hecho en el super te venden hasta kilos de masa para hacer las galletas en casa y yo he traído un paquete para hacer galletas con los sobrinos de Chufita siempre y cuando galleta no aparezca antes de tiempo en escena, que todo puede ser 😉

A mi amiga Paula le cayó la casita de galletas de pimienta para construir (lo malo es que las instrucciones están en perfecto noruego y una servidora aún no las ha traducido… a ver si me pongo a ello o colaboro en las tareas de arquitectura, que a este paso terminarán las vacaciones y la casita seguirá en su caja. Y a Silvia también le cayó una caja de galletas. Esto de que justo sean los cumpleaños cuando vengo me da mucho juego. Josecico… qué te caerá a tí???? 😛

Otra tradición navideña noruega es el gløgg, que en Alemania viene siendo Glühwein (vino caliente) y se toma en los mercados de Navidad. Sin embargo, en la versión noruega el vino se toma en casa y se le añaden almendras y pasas y el sabor es distinto al del Glühwein. Keren, una de mis compañeras de piso, organizó una fiesta de Navidad en casa y tomamos gløgg, mandarinas (parece que también son típicas para Navidad y de hecho en los supers las encuentras en cantidades industriales), y pepperkaker, ¡por supuesto! La verdad es que recuerdo con mucho cariño esa noche del 2 de diciembre porque realmente nuestra casa se llenó de espíritu navideño y además logré pasarme toda la noche hablando noruego y jugar a juegos sin usar prácticamente el inglés.

Supongo que el año que viene descubriré más tradiciones navideñas de Noruega pero de momento creo que con lo que os he contado tenemos de sobras para este año 😉

God jul en gang til! (¡Feliz Navidad otra vez!)

Calling Dr. Gun

Esta entrada es sobre las defensas de tesis en Noruega. El jueves y el viernes tuve la oportunidad de asistir a una de una compañera y la verdad es que son impresionantes.

A ver, la parte académica obviamente no es lo más emocionante, así que tampoco me voy a entretener mucho en ello. Digamos que el candidato a doctor tiene que dar una clase magistral un día y al día siguiente defiende su tesis, pero es un debate en el que dos miembros del tribunal preparan una presentación sobre la tesis del candidato en cuestión y le van haciendo preguntas (lo bueno fue que donde más hincapié hicieron fue en la necesidad de resolver lo que yo pretendo resolver en mi tesis, así que al menos el tema está bien escogido :D). En cualquier caso, no fue como las defensas que yo había visto en España y hasta diría que fue emocionante ver el debate.

Pero lo verdaderamente emocionante es lo que sucede después. Las defensas se suelen hacer en viernes, y ahora entiendo porqué. El día que terminas la defensa se organiza una cena y se invita a familiares, amigos y compañeros más cercanos. Cuando pregunté cómo había que ir vestido me dijeron que muy formal. Así que bromeando respondí, ¿como a una boda? y me dijeron ¡sí! ¡como a una boda! La verdad es que Bamba me lo había advertido porque él ya fue a otra defensa y el pobre se sintió fatal cuando fue con sus vaqueros y su ropa normal. Eso sí, he de matizar que como a una boda pero noruega, no española 😉

Pero no os vayáis a pensar que simplemente fui a la cena el viernes. Resulta que el domingo anterior (4 de diciembre), mi jefe nos mandó un mail a varios de los invitados convocándonos a los ensayos de las canciones de la cena e informándonos de que había averiguado que a la chica en cuestión le encantaba KISS y que por eso había preparado dos versiones de dos canciones de KISS (menos mal que la SGAE no llega a Noruega, que si no capaces son de mandarnos una factura por versionar canciones…). Y al más puro estilo de los gandules (aunque ellos lo hacen mucho mejor que nuestro intento de aficionados) de repente destrozamos dos canciones y las convertimos en juegos de palabras y bromas sobre la tesis en cuestión. Vale, a la mayoría de los mortales no les harán gracia, pero para lingüistas la cosa tenía su miga 😛

Y llegó el gran día… a las 6 de la tarde cogimos un maxi-taxi (que viene a ser un taxi gigante para 8 personas) con todo nuestro equipo. Porque no os vayáis a pensar que éramos 4 pringaos cantando una versión chunga de dos canciones de Kiss, no señor. Ver a tu jefe tocar la guitarra eléctrica, programar una batería y un teclado en el ordenador y, lo que es más chocante aún, poseer un equipo de música para un grupo entero no tiene precio. Además de eso, otra compañera del departamento resulta que es la guitarrista de un grupo noruego y se ofreció a tocar también. Y luego el hijo de Victoria había sido el cantante de varias bandas y lo convencimos para que hiciera de solista. Vamos, que la menos musical de todo el grupo era yo, que junto a Nazareth y Victoria me encargaba de los coros… Pero no nos faltaba de nada, micrófonos, mesa de mezclas, amplificadores, dos guitarras eléctricas, el resto de la banda programada debidamente en el ordenador… ¡Alucinante!

La cena comenzó con una recepción con champán y un kas de manzana raro que Bamba me hizo probar para asegurarse de que no tenía alcohol (mira que lo preguntó, pero no se fiaba, así que hice el control de calidad para que el mozo bebiera tranquilo). Doy fe de que la gente iba muuuuy arreglada. De hecho Bamba esta vez se había comprado un traje de chaqueta para la ocasión. Lo más chocante es que yo iba toda mona con mis taconazos desde casa y las noruegas llegaban con unos zapatroncos que la verdad mucho no pegaban con sus vestidos. Total que llegaban al guardarropa, abrían sus bolsos… y tacháaaaaan! Se cambiaban de zapatos a unos de salón un poco más apropiados. Para la próxima vez haré lo mismo, que eso de ir jugándome la vida por el hielo con los tacones no fue una experiencia que quiera volver a repetir.

Las mesas se organizan como en las bodas, con nombres de quién se sentaba en cada una. De hecho, una chica muy maja que había en la mía dijo: “estas cenas son como una boda, pero para uno mismo”. Y es verdad, en la mesa “presidencial” estaba la recién estrenada doctora con su supervisor, el tribunal (que son los invitados de honor a la ceremonia), y el maestro de ceremonias. Porque no os lo perdáis, hay un maestro de ceremonias (con campana incluida para llamar la atención), que te informa en todo momento de lo que va a suceder. Y si quieres hacer alguna actuación/discurso o lo que sea, se lo tienes que comunicar para que te asigne un hueco en la agenda, no os vayáis a pensar que los espontáneos son bienvenidos.

Así, primero nos contaron lo que íbamos a cenar, y luego nos dijeron todo lo que iba a pasar. Entre plato y plato hubo varios discursos. El jefe del departamento (esta vez estaba representado porque estaba enfermo el pobre, pero dejó su mensaje), el del representante del tribunal (que es un miembro del tribunal que pertenece a la Universidad de Bergen), el del supervisor de la tesis, etc. Y entre el plato principal y el postre nos tocó actuar. Sonar no sé si sonó bien, pero reírnos nos reimos un rato. Porque por alguna razón (¿los nervios del directo? ¿demasiado vino como apuntó Koenraad?) tardamos 4 intentos en lograr cantar “Calling Dr. Love” de Kiss que en nuestro caso era “Calling Dr. Gun” porque la protagonista se llama Gunn Inger. Menos mal que la segunda canción (I’m done with my PhD -Back in the NY Groove) la clavamos, que si no… En cualquier caso, la gente se lo pasó super bien (o eso nos dijeron para que no nos sintiéramos mal).

Y la cosa terminó cuando el maestro de ceremonias anunció que a partir de un momento determinado teníamos que pagar nuestras bebidas. Por supuesto hubo gente que fue al bar y se compró una copa de vino (eso de los cubatas en Noruega no se estila, en eso me recuerda a Alemania…), pero nosotros tardamos poco en irnos porque aunque me hubiera quedado hasta el final, el sábado cogía un avión a España y mi maleta estaba aún sin hacer (de hecho no la había bajado ni del altillo), y era ya la 1 de la mañana.

En enero tenemos otra defensa de tesis, ya os contaré qué cantamos o cómo montamos el espectáculo. En cualquier caso, me lo pasé muy bien y al fin y al cabo eso es lo que cuenta. Y después de esta entrada creo que me vais a tener que perdonar una temporadita porque voy a estar en España trabajando y no tendré anécdotas que compartir con vosotros. Eso sí, intentaré ponerme al día con alguna entrada antigua de esas que tengo pendientes.

😉

Que nieve, que nieve…

Si hace una semana os contaba cómo uno en Bergen o se acostumbra a la lluvia o se acostumbra y no le queda otra, la semana pasada cambiamos la lluvia por nieve durante unos días y la ciudad cambió radicalmente.

Como bien sabéis la nieve a mí me encanta, así que eso de levantarte un día y ver que estaba todo nevado fue una inyección de energía positiva increíble. Parecerá una tontería pero a pesar de que estuvimos dos-tres días sin parar de nevar y llegó un momento en el que hasta podría haber llegado a mi despacho esquiando literalmente, yo solo pensaba en que me apetecía más subirme al monte o tener los esquís en Bergen que en trabajar o hacer los exámenes de noruego (o vikingo como suelo decir con cariño).

Y es que Bergen de lunes a miércoles estuvo preciosa. Para que veáis que no engaño, os dejo una foto de cómo estaba todo de nevado para que veáis que no engaño. Me hubiera gustado hacer más fotos, pero la gran nevada coincidió con mis exámenes de noruego y además en las escasas horas de luz que tenemos en Bergen estaba trabajando…

Jardín botánico nevado

Este es el jardín botánico, lo tengo que atravesar todos los días para ir a mi despacho y nevado estaba precioso

El inconveniente de la nieve y el frío en Bergen es que obviamente la nieve que se derrite se convierte en hielo. Y si a eso añadimos que el jueves y viernes subieron las temperaturas un poco y volvimos a cambiar nieve por lluvia, podéis imaginaros cómo quedó todo: Bergen era una pista de patinaje sobre hielo. Y caminar por el hielo, que ya de por sí puede ser complicado, en una ciudad llena de cuestecitas puede llegar a convertirse en un deporte de riesgo. Y si yo tenía que andar con cuidado, imaginaros a una pobre mujer que me crucé subiendo con el carrito de su nieto una de las bonitas cuestas de Bergen. Supongo que están acostumbrados y no es novedad para ellos, pero vamos, el carrito necesitaba cadenas de nieve como las de los coches (o eso pensé yo). Y la cara de la criatura era todo un poema entre emoción por la aventura y miedo por lo que pudiera pasar.

Mi casa está en una calle a la que solo llegas bajando o subiendo una cuesta, así que después de bajar y subir varias veces simulando que esquiaba por la mezcla de hielo y nieve decidí hacer como los noruegos y comprarme en el super unos crampones para los zapatos (sí, en el super… vamos, como ya comenté en mayo o junio, en diciembre los crampones se convierten en un bien de primera necesidad y se pueden comprar en el supermercado). He descubierto que solo los que se han esmoñado alguna vez se los compran porque si no son demasiado orgullosos y según ellos como buenos noruegos tienen que ser capaces de andar sobre cualquier superficie. Pero yo decidí que por antiestéticos que parecieran era más importante no partirme una pierna haciendo el animal (sobre todo porque se acerca la temporada de esquí), y me hice con un paquete de crampones adaptables a cualquier zapato.

Para que no os imaginéis algo raro me hice unas fotos con ellos y así los podéis ver:

Crampones

Así de bonitas quedaron mis botas con los crampones puestos...

Crampones_2

Y como con tanta nieve no se veían bien, os dejo esta otra foto donde se ve claramente cómo quedan...

Los hay de muchos tipos, pero básicamente todos tienen en común que tienen una goma para fijarlos a los zapatos y unos cuantos pinchos metálicos en la parte delantera. La verdad es que yo pasé de ir en tensión y alerta para no caerme a andar como si fuera Speedy González. Menuda diferencia. Eso sí, como tengas que andar por un sitio sin hielo la cosa es bastante incómoda… Yo me acordé de cuando era pequeña y jugaba a andar de talones con mis amigos en lugar de andar normal. Pero al margen de eso, absolutamente recomendables.

¡Ah! y no os vayáis a pensar… cuando he dicho que se adaptan a cualquier zapato, se incluyen los zapatos de tacón si es necesario 😛 Yo no lo he probado, pero en la caja hay fotos que muestra cómo ponértelos…

El sábado me tocaba volar a España y por desgracia ya solo quedaba nieve en las montañas, la ciudad volvía a estar limpita, pero espero que en enero me de la bienvenida vestida de blanco. Y entonces prometo subir a Fløyen o Ulriken y hacer fotos desde arriba que debe ser espectacular (además me quedé con las ganas, ¡todo sea dicho!)

¡Besicos!

Los pájaros

Cuando dije que me iba a venir a Noruega todo el mundo me habló de auroras boreales, fiordos, noches en blanco y demás cosas bonitas que se pueden ver en este país. Sin embargo, nadie me advirtió de que en ocasiones Bergen parece convertirse en el pueblecito de la peli de Los Pájaros. Gaviotas, palomas, cuervos y picarazas conviven en amor y armonía por el centro de la ciudad dispuestos a interceptar tu camino sin parecer importarles lo más mínimo.

En mayo y junio me resultó sorprendente la cantidad de gaviotas que se encontraba uno por la calle conviviendo junto a las palomas (que parecen poder vivir en cualquier climatología, las muy…). A ver, no es de extrañar lo de las gaviotas, si uno piensa que estamos en la costa, noruega, pero en la costa y que en aquel verano de hace ya unos cuantos años cuando solo tenía 13 ó 14 primaveras mi amigo Antonio (Majoni…) y yo nos dedicábamos a hablar sobre las gaviotas en Hastings, donde el tiempo tampoco es que sea precisamente paradisiaco. Así que digo yo que también pueden vivir un poco más al norte.

Eso sí, eso de que con el invierno las aves emigran al Sur no lo tengo yo tan claro, eh? O bien las nubes de Bergen les han impedido emigrar y se han quedado atrapadas aquí (menos mal que no estamos en Tromsø y las temperaturas son más moderadas…), o estos animalitos son capaces de sobrevivir a cualquier condición climatológica.

No obstante, las gaviotas son un ave al que yo al menos no estoy muy acostumbrada y, las cosas como son, hasta me dan cierta grimilla. Hace un par de semanas las vi junto a los patos del lago hexagonal gigante (? no tengo muy claro cómo llamarlo…) que hay en el centro. Debe ser que son muy sociables y no hacen ascos a la raza de ave de sus amigos, cosa que por otra parte me parece genial (ya podrían aprender muchos humanos de estas gaviotas…) 😉

Pero sin duda lo más sorprendente es el tema cuervos. Porque si las gaviotas dan grima, los cuervos más. Sobre todo si se ponen a graznar. Y eso que en el fondo hasta le tengo que dar las gracias a uno que debe vivir cerca de mi ventana porque si no fuera por él más de un día no habría llegado a clase de noruego. Es algo así como mi despertador personal (ya que la luz no ayuda…).

A las pobres palomas no les voy a dedicar ningún capítulo que total las tenemos ya muy vistas en España y aquí son igual de tontas o más. Eso sí, a pesar de todo todavía (toquemos madera), no he sido bautizada por ningún ave que se haya cruzado por mi camino 😀

Y hasta aquí mi breve reflexión sobre las aves y Bergen. Esta vez hasta he logrado no enrollarme como las persianas y ser breve!!!

Besicos…

Que llueva, que llueva…

la virgen de la cueva, los pajaritos cantan… todos conocemos esa canción de cuando éramos críos, ¿no? Pues aquí en Bergen parece que todos esos cantos infantiles hayan surtido efecto por una buena temporada. Y es que llevamos con lluvia yo creo que más dos semanas… Vale, en algún momento la lluvia nos ha dado tregua (menos mal), pero creo que no miento si aseguro que nos ha llovido todos los días, unos con más intensidad que otros.

Hay un dicho noruego que dice que no existe mal tiempo, sino indumentaria inadecuada. Y nunca mejor dicho porque aquí o te haces amigo de la lluvia o corres el riesgo de pasarte la mayor parte del año encerrado en casa. Una de las primeras cosas que leí sobre Bergen cuando supe que me venía aquí a vivir fue que era la ciudad más lluviosa de Europa. Y doy fe. Ahora llevamos una buena racha de lluvias y en junio también tuvimos unos 20 días lluviosos sin parar.

De hecho aún recuerdo mi mudanza bajo la lluvia: yo, ilusa de mí, había empaquetado TODAS mis pertenencias, incluidos mi chubasquero, mis sobre-pantalones impermeables de lluvia y mi paraguas. Llevábamos una semana con bastante buen tiempo, tanto que me dio tiempo a ver cómo los noruegos se despelotaban sin ningún tipo de pudor en los jardines de al lado de la universidad para estudiar tomando el sol. Yo igual soy un poco más antigua para estas cosas, pero eso de quedarme en paños menores en mitad de un jardín que está literalmente en frente de la Biblioteca de la Uni y de mi facultad como que no me parece lo más normal…

En cualquier caso, lo último que yo me esperaba es que justo el día que iba a hacer mi mudanza el tiempo decidiría cambiar. Menos mal que llevaba un mes y por tanto mis pertenencias tampoco es que fueran tantas: mis dos maletas de ropa y luego eso sí, todas las viandas y demás cosas necesarias para poder cocinar algo decente (los que me conocéis sabéis que me gusta cocinar, aunque no lo haga tan a menudo como me gustaría). Pues bien, aquí servidora acabó con unas extrañas manchas azules por las piernas. Total que yo pensé… ¿y cómo me he hecho yo tantas moraduras si lo único que he hecho ha sido arrastrar maletas de un sitio a otro? El misterio se resolvió en la ducha. No eran moratones, no. Resulta que con la lluvia mi querido pantalón vaquero decidió desteñirse y dejarme unos bonitos recuerdos por las piernas…

Y ahora que llevamos también una buena temporada de lluvias me he acordado de ese día, de cómo haciendo frente a la climatología Paula, Vanesa y yo subimos a Preikestolen, y cómo esta semana llegué a clase un día convertida en una especie de muñeco de nieve con patas porque se puso a granizar y acabé cubierta de bonitas bolas de hielo por todas partes. Cuando me quité el abrigo aún cayeron al suelo bolitas de hielo… Y es que me río yo de mi querido cierzo cuando en Bergen tenemos tormenta. No me extraña que la tienda de reparación de paraguas que hay en el centro no tenga un cartelito de “out of business” porque con lo que llueve y las ráfagas de viento que tenemos lo raro es que no se de la vuelta al paraguas unas 4 ó 5 veces por trayecto. Esta semana ha habido días que más que para cubrirme el cuerpo lo usaba de escudo contra la lluvia y el viento, con el consiguiente riesgo de chocarte con alguien porque si usas el paraguas de escudo lo único que ves son los 5 metros de suelo que tienes delante de ti pero no a quién te viene de frente.

Y por si alguien tiene alguna duda sobre cómo se las gasta el tiempo aquí, atención a las vistas desde mi despacho este miércoles durante nuestras escasas horas de sol:

Granizada en Bergen

Vista de cómo quedó la calle después de la granizada monumental del miércoles...

Por si alguien tiene alguna duda, ese camión rojo que se ve es el de los bomberos. Que con la que cayó saltó la alarma de incendios en nuestro edificio y desde entonces tenemos un bonito pitido cada 5 segundos recordándonos que el sistema se ha roto por algún rayo o yo qué se. Eso sí, el que piense que al menos tuvimos un rescate y nos alegramos la vista con el cuerpo de bomberos de Bergen que lo descarte ipso facto… vinieron ataviados cual si fueran a entrar en un edificio en cuarentena. Ni siquiera pude verles bien la cara. Y encima en cuanto constataron que no estábamos ardiendo ni corríamos ningún peligro se largaron y nos dejaron la alarma pitando de recuerdo. El viernes al mediodía cuando después de comer la alarma seguía pitando decidí coger mis bártulos y trasladar mi despacho a mi habitación hasta nuevo aviso. Al parecer no la pueden apagar y como ha pasado lo mismo en más edificios y nosotros no somos gente importante estamos en la cola del servicio técnico…

Y hasta aquí el capítulo de lluvias y tempestades en Bergen. Otro día os cuento cómo la falta de horas de luz te desorienta tanto que no sabes cuándo es de día y cuándo es de noche y se te alteran los horarios…

¡Un besico!

Preikestolen, al filo de la tormenta

Antes de que empecéis a leer os debo advertir lo siguiente… esta es una de mis queridas entradas kilométricas. Va dedicada a sus co-protagonistas: mis amigas Paula y Vane.

Hace un par de entradas os decía que además de las últimas novedades tenía pendiente escribir varias entradas. Una de ellas es ya un poco vieja y muchos de vosotros puede que hasta hayáis visto ya el vídeo, pero “just in case” os pondré en contexto.

Allá por finales del mes de julio mis amigas Pauli y Vane decidieron venirme a visitar. Era la primera incursión aragonesa a tierras vikingas, tal y como reza una de las notitas que escondieron por casa y que ahora tenemos en la nevera sujeta por un bonito imán. Aunque yo tenía que trabajar y no podía irme de visita con ellas logramos hacer un viaje equilibrado en el que dormimos/durmieron un día sí uno no prácticamente y yo pude compaginar trabajo con alguna visitilla turística. El primer día las pobres llegaron muertas después de no sé cuántas horas de viaje y las llevé de visita por Bergen aprovechando que aún quedaban unas cuantas horas de luz (y eso que desde la noche de San Juan la noche volvía a ganar terreno al día).

Al día siguiente… bueno, aunque os podría contar con todo detalle su visita, os dejaré con la miel en la boca para que os animéis a subir y me voy a centrar en una de nuestras excursiones por tierras vikingas. Tal y como dice el título, esta entrada está dedicada a nuestro heroico ascenso hasta Preikestolen, más conocido en español como “el púlpito”. Se trata de una formación rocosa cerca de Stavanger (una ciudad al sur de Bergen y conocida sobre todo porque muchas de las empresas de la industria del petróleo están allí). Pero… ¿por qué es conocido Preikestolen? Bien, su principal reclamo  consiste en que termina en una meseta con una caída vertical de 604 m y desde la se puede ver el Lysefjord (o fiordo de la luz), si las condiciones climatológicas lo permiten:

Imagen de Preikestolen

Imagen de Preikestolen y de lo que deberíamos haber visto tomada de una web turística ya que nosotras no tuvimos tanta suerte con la climatología

Nuestro día comenzó a eso de las 4:30 am en Bergen porque cogimos un avión a Stavanger a primera hora de la mañana para intentar aprovechar el día al máximo y eso implicaba tener que llegar al aeropuerto a tiempo para embarcar. Nuestra primera aventura fue llegar a tiempo y no perder el vuelo. Uno piensa que en los países nórdicos eso de la puntualidad es normal y si el bus sale del aeropuerto sale a una hora del centro confías en que es porque lo tienen medido para que no pierdas el avión y que efectivamente el autobús estará en la parada a la hora prevista. Pues no: eso del horario aquí es algo así como una hora aproximada de salida (vamos, igualito que en España). Después de ponerme histérica pensando que perdíamos el avión, alucinar con la cantidad de gente que coge un avión a las 7 am y va al aeropuerto de madrugada y organizarnos para que una hiciera el check-in en las máquinas mientras las otras dos se encargaban de coger nuestra trolley para la excursión, aún nos sobró tiempo y todo. Como anécdotas de nuestro paso por el control de seguridad podemos destacar la gentileza noruega en cuanto a las bolsitas de líquidos (te dan toooodas las que quieras), y también el alucinante hecho de que Vane no llegó a sacar su DNI de la cartera y es que lo de los vuelos domésticos en Noruega es como quien coge un bus de ALSA o un AVE en España, los viajes en carretera son tan largos que la mayoría de la gente vuela si puede.

A eso de las 8 am estábamos ya en el centro de Stavanger dispuestas a subir a donde hiciera falta, peeeeero aún nos quedaban por coger un ferry y un bus para poder llegar al albergue que hay al pie de Preikestolen y empezar la excursión de verdad. Total que llegamos, nos cambiamos de ropa en el albergue, dejamos la trolley en un guardaropa y nos preparamos para hacer frente a cualquier adversidad climática que nos pudiéramos encontrar. Menos mal que hicimos buen acopio de bolsitas de líquidos en el aeropuerto, porque con la que estaba cayendo hasta los kleenex tuvimos que proteger…

Y una vez metidas todas nuestras pertenencias en bolsas y preparadas con pantalones de lluvia y chubasqueros comenzamos nuestra andadura. Porque como dicen los noruegos, no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada (supongo que es porque si aquí condicionas tu ocio al tiempo no saldrías de casa la mitad de los días del año). Y no es para menos, porque entre la lluvia, el viento y el granizo, aún tuvimos suerte de que justo al llegar arriba tuviéramos 20 minutitos (los justos para comernos un sandwich) sin que nos lloviera. Eso sí, el vídeo que demuestra nuestro ascenso es la prueba de que no exagero cuando digo que hacía un día de perros:

Preikestolen: las vistas fantasma

¡Pero allí que subimos las tres valientes! Y cuando llegamos al albergue nos dimos cuenta de que nos daba tiempo a coger el último bus a Bergen y así nos ahorrábamos la noche en el albergue y podíamos aprovechar el día siguiente en Bergen. Así que recuperamos nuestra trolley, nos cambiamos y secamos en los baños del albergue, cancelamos la reserva y cogimos bus y el ferry hasta Stavanger. De hecho hasta nos dio tiempo a pasear un poquito antes de pillar el bus (aunque no mucho porque ya estábamos hartas de tanta lluvia y llevábamos más de 12 horas en pie…). Tres trayectos por carretera y dos ferries más tarde logramos llegar a Bergen sanas y salvas a eso de las 23:30h.

Este es el resumen de la excursión:

Horas en pie: Aproximadamente 20.

Medios de transporte: 13 – bus, avión, bus, ferry, bus, “a pata”, bus, ferry, bus, ferry, bus, ferry, bus. Vamos, que nos faltó andar en bicicleta o ir a remo un tramo.

Alojamientos no empleados: 1

Percances: Ninguno grave.

Climatología: lluvia, viento, granizo, sol, nubes… ¡De todo!

Anécdotas: Muchas ;). He de dedicar una mención especial al padre alemán que hizo que me cayera por intentar advertirle de que había un tramo que resbalaba mucho y que tuviera cuidado. El hombre llevaba a su hijo de unos 2-3 años en una silla de esas que se ponen en la espalda y quisimos decirle que fuera por otro camino más fácil o que tuviera cuidado (eso de que se cayera con niño incluido nos daba bastante respeto). Total que por girarme y hablarle en su lengua materna porque el hombre el inglés como que no lo oía, servidora acabó en el suelo con un rasguño en la mano. Pero lo que realmente me fastidió fue que el niño se burlara de mí y el padre, todo orgulloso le siguiera la broma y le dijera que ¡él no se había caído porque era mucho más hábil que yo! Al menos podría haberse esperado a que estuviéramos más apartados, que si le había hablado en alemán también podía entender la conversación con su hijo y en el fondo no se cayó porque nosotras se lo advertimos y yo me caí por dejar de prestar atención al suelo y hablarle en su idioma.

Y hasta aquí el reportaje sobre nuestro ascenso a Preikestolen. A los próximos valientes les retaré a volver a subir o probar con Kjerag, que también promete:

Kjerag

Foto tomada de una web turística ya que servidora aún no ha hecho esta excursión

¡Hasta pronto!